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María Rosa Lojo

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María Rosa Lojo




Forma Oculta
del Mundo



Primer Premio de Poesía
Dr.Alfredo A. Roggiano



Segundo Premio Municipal
de Poesía de Buenos Aires




Diseño de Tapa:
Ruth Noemí Vittor

Copyright ©
Derechos reservados del titular.
Primera Edición Digital:

IBSN: 020-012-195-4



 




Colección La Lira de Orfeo




[2008]
Buenos Aires -Argentina

Copyright © 2008 - Analecta Literaria.
Todos los derechos reservados.

Copyright © 2008
Creative Commons


El contenido de la presente edición digital está regulado
por la siguiente Licencia de Creative Commons

http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/ar/













Forma Oculta del Mundo



¡Desaprender
la tierra!
Halla
la antorcha
de la ceguera
...
Como moneda de oro
La esfera
entonces
refulge.

"Bellos ojos", de
H. A. Murena







I. MAGIAS

Todos los amaneceres la voz de los mendigos y de los mudos invade el sueño. A través de la grieta cantan los mensajeros del reino donde todo y nada sucede. Despertarás con una música que no te pertenece, una palabra que derriba los astros, un conjuro que incendia tus párpados de piedra.

LA CANCIÓN

Han marcado la zona. Un círculo sagrado sobre tu cuerpo, para que vuelvas a escuchar la canción.

A tu espalda, el emisario ha colocado un mantel, alguien ha traído los platos y los vasos de un bazar abandonado, y el sencillo pan. Ellos se inclinan detrás, perdidos para tus ojos.

La canción te marea. Recuerdas que tu madre te la cantó al oído muchas veces, en las tardes azules. Ellos comen el pan árido, dividen las regiones de tu cuerpo. Las lágrimas de otro corren por tus mejillas. No estás en el lugar, no hay lugar. El emisario baja sobre tu rostro y lo besa. Te cubren con la sábana de los ausentes y ahora tu voz entona la canción recobrada mientras te dejan solo.


BELLEZAS


La belleza es una rosa pálida que alguien te ha obligado a morder. Separas los pétalos rotos, uno a uno, y los arrojas a esa sopa de letras que toman todos los niños obedientes. Hay una forma, un pájaro detrás de la ventana, un alado alud. Sin vacilación, rompes el vidrio con una furia blanca y lo abrazas a través de la sangre. Tienes miedo de mirarlo y cuando abres los ojos no lo ves. Pero las alas crecen en tu mano y se confunden con tu propio cuerpo. Ya no tienes rostro en los espejos. Alguien te ha hecho de belleza Otra, clandestina y terrible.


MAR


Tuviste al mar encerrado en una caja de música. La abrías a la noche con secreto, bajo las sábanas. Las manos se te hicieron antiguas como barcos hundidos y alguien te acuñó el alma en monedas de oro. Llorabas a la sombra del resplandor mientras la noche se llevaba todo y el único habitante de tu casa era la marmúsica de Dios, tu Carcelero.


VIENTO

Toda la noche y los caminos del día para encontrar la joya o el fruto, la fuente hundida en el primer sueño del mundo, o la canción que te daría la memoria de los tiempos y la inocencia invulnerable del porvenir.

Toda la noche y las prisiones del día gastadas en apuestas peligrosas para evadir el destino del hombre mientras te pruebas, frente al espejo impasible, la orfebrería mágica que aparece y desaparece, mientras el viento avanza a tu alrededor y tu rostro se borra, rasgo a rasgo, hacia las más remotas regiones de la luz.


ELLOS


Te amenazan, te oyen respirar en la habitación cerrada. No hay peligro. Se irán al amanecer y sólo quieren tu miedo. Podrías abrir la ventana y espantarlos como a moscas, pero te quedarías sin saber la verdad. Los compadeces. Son feos, larvales, no tendrán alas nunca. Te vuelves de cara contra la pared y juegas a morir, estirándote rígido. Ellos aplauden, con modestas sonrisas. Te levantas, exaltado, y te inclinas para saludar.

A cada reverencia tuya ellos se multiplican, crecen, regalan sus canciones de cuna para tu sueño. La mañana te encontrará sobre la alfombra, el cuerpo alumbrado como un fanal, encendido por infinitos orificios.


LA MANO

La mano crece como un naipe infinito sobre la mesa del salón. Está signada, pero la inscripción no es visible, ni aún si horadases con un bisturí bajo la piel. Alguien te dice que la juegues porque si no te será cortada y nunca más trazarás dibujos en el aire. Pero tienes miedo y la mano se obstina en su apego a la mesa. Se vuelve torpe, lenta, rugosa como el caparazón de un animal milenario. Un llanto inútil cae sobre los dibujos enterrados. La mano ha cesado de crecer; se aquieta y perfecciona, invulnerable como la tristeza. La dejas sobre el mármol y te vas, noche afuera, escuchando los grillos que seguirán después y para siempre.


HOMBRE DE LA LUNA

En la luna hay un hombre que te mira todas las noches. Algún día se desprenderá de su lugar y caerá sobre la palma de tu mano derecha, empequeñecido y gastado por el vuelo. Ya no podrás soñar que te ama porque lo desprecias. Y aunque él verdaderamente sigue amándote y ha entregado las tres cuartas partes de sí mismo para tu alegría, lo guardarás en el primer cajón de tu mesa de luz, indiferente al destierro irreversible, al inútil tesoro de su sacrificio.


MASCARAS

Te rodean los danzantes, te aturden. Estás volando sobre el ritmo a la velocidad de una llama. Dentro de poco tu cabeza caerá y te nacerá una piel nueva. Te brotan en los nudillos yemas de árbol y en tu sexo sube un vello de lianas. Serás una selva y una casa de pájaros, en tu corazón crecerán torres mudas, sueños de catedral bajo las aguas. Quedarás detenida y habitada mientras los otros bailan, armados con sus rostros. Ya no podrás ser lo que fuiste y la felicidad te arrasará los ojos mientras las llamas ciegan las máscaras que giran.


MAGIAS


Han quemado las hojas y los hábitos y las costumbres de la primavera. Ves como un tiempo se cambia en otro y el verano resguarda sus propias exigencias. Como la palabra de una boca desconocida caes o resurges. La voluntad nada puede contra la madurez o el verdor indócil. Un Hacedor más sabio que tu inteligencia rehace innumerablemente su arcilla imperfecta durante todos los días y las noches.


II: LUNAS

Y quisieras cantar los momentos
del sueño,
la lenta respiración fantasmal
de las vigilias
y de las noches locas de luna,
alucinadas como ángeles oscuros.


BAJO LA LUZ DEL SUEÑO

Pálido bajo la noche, en el anverso de toda mirada, carretera de los trenes que se desvían: he ahí el trizado espejo de la luna, el espejo confuso de la niebla donde juegan las sombras humanas, donde corren las sombras de anhelo detenido como en la lentitud de una película suspensa. He ahí el sueño de nadie creciente sobre el mundo: un sueño de llama blanca que adormece la nostalgia de los viajeros, que templa el rojo temblor de luchas y humilla el alto signo del día sobre las frentes.

He ahí la luna bajo la tierra, la luna de tierra incierta donde se hunden los pasos de los guerreros, donde se cuentan las jornadas de la muerte y el minucioso tiempo del amor. He ahí el suelo o el cielo del nacimiento, pasajero que arrastran los trenes ávidos -el escogido por la noche de la sabiduría, el despojado por la noche de la ignorancia, vacío de todo Norte y todo Sur, de hogar y de fronteras, ciego y desnudo bajo la luz del sueño-.


DANZA

Es la mujer de párpados ciegos, la que ríe, de párpados quemados, y hace sonar sus vestiduras en el aire de invierno, y hace sonar sus cabellos como una reunión de palomas oscuras, como un murmullo de caléndulas negras. Es la mujer de suave carne lila, de cintura insondable, cuyo vientre es un espejo donde el amor se mira, donde el dolor se mira, mientras ella, secreta como la muerte y como el sueño, danza.


ZONA SAGRADA

Sobre la codicia del tiempo, el cuerpo: ala de barro del aquel ángel que anuncia la resurrección de la carne, el nacimiento de la maravilla. Arrancado del caos, preservado por un dios silencioso, sólo dueño del soplo que hace temblar las cuerdas de las arpas en los ojos que miran el mundo destruido. Sobre la maldición del hombre, lobo del hombre, vive, ciega forma total, zona sagrada donde los labios buscan su patria verdadera.


HILANDO CON LOS RAYOS DE LA LUNA

Del otro lado de la muerte está aquello que germina en el grito del abismo, donde la noche se une con el día. Vas a buscar a la mujer y sabes que la mujer te aguarda, preparando sus hierbas de amor tras las cortinas, hilando con los rayos de la luna la misma piel de su cuerpo para ofrecértela. Vas a tomar a la mujer y la mujer te tomará. Morirás y volverás a vivir entre aquellos perfumes ciegos que se han macerado durante toda una eternidad para el placer de esta hora, o durante una hora para el gozo de la eternidad. Tesoros de la tierra que la mujer oculta en el lugar antiguo, de cambiante aguaviva.

Vas a morder su centro más secreto y la respiración salada de sus axilas, vas a olvidarte y ella te arrancará el corazón a través de tu potencia, de tu orgullo, pero sólo para que vuelvas a vivir. Escucha aquellos golpes en la noche profunda. Almas que recuerdan y repiten gestos de amor en el fondo de ríos secos, a la orilla de aguas subterráneas. Fiebreala, sueñorrelámpago de muslos que se arquean para abrazarte, sello y sabor de valvas marinas grabadas en el revés de aquellos huesos que se han abierto para acogerte, que se han fundido en clara carne de hembra para obligarte a retornar. Aquel hechizo. Robarás la espada de la roca para llevarla al mar, anularás el terror de la piedra para que el encanto se cumpla nuevamente.

Pero no es el amor, dices. Sólo el deseo. Y el deseo, que es todo, te ha convertido en un vaso de cristal que se hará trizas contra la pared umbría de aquel cuarto donde ella espera, araña que hila su tela, Medusa o Sirena que oculta la única brújula capaz de atraerte en el centro irradiante, la madreperla de mediodía oscuro. Pero el cuerpo no importa, dices. Y sin el cuerpo no sabrías nada, cazador, muerto antes de morir porque le temes. Te verán en los paisajes lunares, a la orilla de aquellos ríos secos donde el agua aparece a medianoche, como un fantasma. Te verán los seres del bosque, loco y desnudo, con los ojos vacíos, cantando a los búhos que ya lo saben todo esa vieja mentira del espìritu puro. Pero tus pies no salen del círculo mágico, tus pies conocen más que tu cabeza, y volverás. No hay árboles que te celen, no hay campanas que te guarden. En las casas alguien hace el amor y alguien ha muerto, y las vidas resplandecen en secreto, indiferentes a la tuya, cada una para sí bajo la tiniebla. Nadie puede salvarte, no hay redentor que libere de la miseria del cuerpo, de la riqueza del cuerpo, y es preciso rescatar antes del fin la única joya duradera. Ese recuerdo para después de la muerte, ese rigor ardiente de la verdad -el amor o el deseo, ya indiscernibles- que engendrará otra vez la antigua amada en aquel reino, el bosque de las imágenes.


III. ESPERAS


Has heredado todas las sombras. Sentado en el patio de tu casa bajo el tejido inútil de la luz aguardas que desfilen ante ti con sus rostros anónimos. Cuando llegue la noche te servirán fielmente, devastarán tus bienes y tus nombres y la casa vacía será la espera insomne de aquello que no se puede poseer.


COSMOS

Una estrella para el corazón del olvidado.

Días de amores oscuros y de sueños caídos como desesperanzas que recitan oraciones de no morir sobre las calles nocturnas. Va comiendo su pan con amargura y los perros lejanos hunden su colmillar caliente sobre el cuerpo sin piel y las aves rapaces se disputan la piedad de su sombra que se disgrega. Hiel de los tiempos abrasa la transparencia de la garganta, y un alba sin pudor le desnuda los huesos y le dispersa el rostro, vacío como el ojo de las noches sin sueño.

Pero la mano desgajada pide una estrella para el hueco del corazón: que la huella en la arena sea encendida por la luz de otro mundo, que en la muerte del hombre también el cielo muera.


EN EL SURCO SECRETO

No hay nadie en el sendero de la misericordia, ningún penitente que calce sus pies antiguos con las llamas azules, el color más desnudo. Ningún pájaro suspende el vuelo y el tiempo bajo el árbol de la Noticia, allí donde se congregaban los peregrinos. El agua rueda por debajo de las fuentes vacías, rueda trizando su calidad de copa cristalina, su son de instrumento azogado, reverberante como el trino de ruiseñores de más allá del cielo. Ay amor -han llamado- y nadie canta a la orilla del río seco y ninguna guitarra se entristece de pasión o esperanza. Porque la esperanza es lo más difícil y su alegría se erige sobre el hueco nocturno de las ausencias. Ay amor, dice lo que no está, sueña lo perdido. Ah mañana sin ojos, cuerpo arrastrado sobre la grupa de un caballo ciego, la mañana quemante de esta pureza, la blancura que se otorga bajo los bosques, en el surco secreto, como la terrible limosna que sólo las áridas manos rigurosas del más desheredado, del más oscuro, podrían recoger.


HACIA LO ABIERTO

En lo más fino y gris, desasida, expulsada, lejos del hábito y del morar, en el comienzo, entre la primavera y el otoño, acechando el hielo inaudible de las pisadas, sin ver huellas. El mundo de lo humano tan velozmente opaco, sin peso alguno. Perduras en la música que ningún hombre ha escrito, en la luz aún no acosada por la dura impaciencia de la lengua, en el reflejo extraño de las cosas que pugnan sin hablar, insistentes, hacia lo abierto.


MENDIGOS

Dos mendigos han ganado la calle paso a paso, sin usar de su apatía menesterosa. Dos negadores de la voluntad, dos ofensores inermes de todo lo que avanza modelando y rasgando. Acaso también has dejado tu alma en el llano, como un platillo de limosnas, para que un dios lo ahonde todavía más, con toda la codiciosa pobreza de la espera.


LIBERTAD

En las mañanas de la casa nueva, tendida sobre la tibieza, descifrabas los sonidos y ponías nombre a todas las apariciones. La maravilla era inmediata y el cielo del mundo ardía bajo tus pies. El sol, ese perro que alimentabas, te había capturado todas las imágenes. Salías a repartirlas, ahogada de lástima, entre las filas de los soldados. Ellos te besaban la mano y las guardaban en los bolsillos, soñando que alguna vez serían libres.


LA PARED

Del otro lado de la pared cantan el amor y el odio de todos los siglos. Vínculos de almas ya muertas que se estrechan en las grandes casas vacías, a la sombra de los bosques eternos. Podrías arrancarte la máscara que usas para dormir, cruzar del otro lado y escucharlos. Pero sigues escribiendo sobre la mesa de la fruta y el vino, sólo atenta al llamado de los trenes oscuros que cruzan infinitamente el mundo.


Y ES SOLAMENTE UN HUESO, UN HUECO...

Es que hay una visión y no la puedes decir, acaso porque no existen palabras para ti. La vida ríe de las palabras y juega, escéptica, con esos dados que siempre han de perder: ¿no sale acaso, una vez y otra, el número inexacto, el indeseable? Estas palabras réprobas, estos soldados viles de un ejército en derrota que vuelven al hogar con la cabeza baja y musitante.

Estamos frente a la sala de los enfermos. Hay que vacunarse contra la parálisis para conversar la vida de la acción, el uso de nuestras piernas. Este aire implacable, este inhóspito látigo de yodo. Piedra, aire, luz: macerarlos todos, en la universal amplitud, y después echar una porción en este hueco temblor que es ya tu mano. Preservadora, todo está adentro, todo en aquellos hornos de la memoria. Recuerdas los suelos húmedos de las estaciones. Hay siempre un hombre que cuida y riega esas umbrías extensiones estériles, esas torvas comarcas expuestas al deterioro y al pulimiento, donde la piedra se afina como el espíritu de un hombre con el correr de los días, esos caballos de trotar rebelde. Vas a uncirlos en una cuadriga, vas a utilizarlos para el arar. El trabajo y la guerra se atacan el uno al otro, con insaciable obstinación. La guerra es esta labor que deshace, siéntate en su silla de Parca. Tiene los bordes gastados y cruje cuando el cuerpo se acomoda en ella. Esta anciana envidiosa que mira mal y con ese mirar errante y ciego todo existir destruye. La vida: qué Penélope devoradora y prudente, qué fatiga más prieta, como los hilos. Ese mirar de espada o de tijeras: vagabundo sin ruta no sabe a dónde apunta tras el botín momentáneo y la rica codicia del vencedor.

Y el hombre de la estación, envuelto por la soltura primaveral. Es a él a quien hablan. Hablas. Una por una tienes palabras que no dicen nada. Podrías enhebrarlas y colgárselas a su cuello insensible como el de un maniquí (y es un obrero ya viejo, fragmentario y desdichado como las aguas que vanamente derrama). Hay algo que debe componerse y crecer desde su torpe raíz: tu palabra, tú misma que tropiezas. Las menciones que arrojas al mundo te son devueltas; no pertenecen a él. El es siempre el tercero: de quien se habla. Ese "de" que te envía su reflejo en esquirlas.´

No hay un tema fijado, hay un constante rodear lo que se escapa. Ay sitiador o caballero o peregrino que simplemente miras con esta terrible sencillez de lo que no tiene piel ni cobertura y es solamente un hueso, un hueco, un cráneo desnudo.



IV. TRANSITOS


Signos de los días y de las estaciones violentas, mutaciones ardientes en los giros del cielo, estrellas y disfraces de la Tierra, todo fue sobre ti.

Olvidado en el centro de la ciudad sonora, pronto tu cuerpo ya no tendrá peso, los otros no te verán ni te hablarán, no serás ellos. Nadie, tu pasión invencible cabrá en la marca de una uña sobre el cemento, una señal remota y sin sentido que ningún paso podrá desdibujar.


EL SOPLO

He vivido con todos los moradores. ¿Todos? No es cierto. Somos pocos: los familiares, los que he amado con el roce impalpable del contemplar. He visto: el soplo del silencio sobre el pino, la mañana que perturba las puertas con sus armas azules.

El soplo. Alguien transita por las calles quebradas con su trompeta inaudible, con su golpear impotente de perseguido anunciador. Bajo el aliento del frío voy, azorada por el inmenso estertor del mundo yacente, en las riberas dubitantes del sueño. Aún desiertas.


TAN FUTURO

Has conocido la suma de los días, número sin sentido, insensible a las duras o dulces calidades del ser que juega y huye, o esforzado aminora la cerrada sequedad de aquellos corredores ministeriales y monásticos, de aquellos trenes con tanto destino árido. Alguien señala desde el puente superior, irrestañablemente verde, alguien descerraja las avaras cancelas que impone la pobreza del no mirar.

Tan futuro, tan húmedo y hacia los ríos: este ser descubierto en el redondo esplendor que fluye.


VIAJERO

Has visitado la casa permanente, la más extrema de la primavera, la verdeoscura, con su amparo de hiedras, la que cela con el pudor del bosque el encarnado ladrillo y las bárbaras piedras ascendidas. Te han invitado a la mesa más honrosa, con los ancianos. Has bebido los vinos añejos y las copas cuya edad nadie cuenta se ofrecen para ti con su callada lozanía de espejos. Has revisado retratos de familia, los rostros públicos y aun las cartas secretas. Te has confortado al amor del hogar frío y las últimas brisas violentas te han perseguido con su arrasado aliento de azahares: a ti, viajero, que desde el extremo detenido del tiempo vuelves a tu casa mortal, a tu casa fugaz, tácito y ebrio.


GENESIS

Ella gira en la curva desolada del mundo, ella desgarra el corazón de los inviernos y lo arroja a las hélices siderales. Ella recibe la luz inmemorial, ella vigila un crecimiento insensato de palabras en la apertura del amanecer. Y se dirán el día, la espera, el abandono, y se dirá invasión de eternidad en la hora indecisa, galope de cielos crueles que se derrumban sobre la blancura de tu pánico antiguo. Madre cósmica: sólo una cavidad despiadada, vuelo central que lanza tu alma al mundo. Tu alma en el cuerpo gris de la mañana que como una grieta del abismo se abre ya, desasida para siempre.


CON TUS MANOS HIRIENTES

Con tus manos hirientes, con tus manos que dañan, has querido enlazar el nudo de la delicia. Con tus manos que sólo cortan y balbucean, tus manos a las que todo se les escapa, has querido enhebrar los días sin sueño y las noches más lúcidas y las lunas que doblegan la oscuridad.

En el fondo del vaso has escrutado los signos de tu destino, en la navegación de los hombres y de los pájaros, en los caminos secretos de las vísceras, en el lenguaje palpitante del corazón. Pero tu hado no es de unidad sino de lucha, en tu mano florece la espada, no el loto, y tus pies están calzados con el estigma polvoriento de los viajeros y tus talones se asemejan a la herradura del caballo y se curvan en la forma del huracán.

Corta una rosa última siquiera -te dice Alguien más sabio-: tú el que abandonas y el más abandonado, el que amas y el que huyes, inexplicable, el que cambias en los espejos de cien naciones: tiempo, corta tu rosa imposible de eternidad.


UN RASTRO

Pregonero de olvidos tan extensos como la esperanza crecida entre la muerte y el primer sueño, lo has visto llegar a las ciudades natales. Con manos pródigas y ciegas, con manos indiferentes habituadas a un don que no distingue méritos ni rostros ni rodillas desgastadas como las escalinatas de piedra de la gran catedral que atormentan los pies de la plegaria desde hace siglos.

A la ciudad de tus padres ha llegado, a la cuna de tu nacimiento donde alguna vez se festejó tu primer llanto y tu primer dolor y tu primera felicidad. A la ciudad del ayer venido, mientras tú, niño, mirabas un cielo inmutable, el cielo de un espejo donde tu rostro iba tomando las formas de la edad sobre un eje inmóvil, sobre un centro infinito; un cielo donde ningún vivir deja huellas, donde toda existencia es el deslizamiento de una mariposa sobre una pantalla de raso, sobre una rica pantalla blanca que oculta la luz donde podrías abrasarte para siempre.

Pero él ha llegado y no hay nadie que no ría cuando se mueven sus vestiduras bajo un viento demasiado suave, en un fulgor de incienso, séquito de la reverencia o el placer. Y lo aclaman como redentor o hechicero, como sacerdote o taumaturgo, mientras tus alas de gusano fantástico se quiebran contra un raso que ya es de mármol y sólo hay un rastro de polvo áureo contra la dura superficie, sólo un rastro de polvo espléndido, de polvo mísero que ya no pesará siquiera sobre tus sueños y que las manos de tu pequeño dios van a limpiar.


CORTINAJE

Nadie te ha visto y crece el miedo tras las cortinas blancas, a la luz de otra edad. El amado resucita, el padre y la madre que te hicieron el mundo, las piedras de la fundación. Entre las alas y el verano de música, la distancia se ofrece.

Alguien te levanta y te ata al suave caballo rojo que te esperaba siempre. Cruzarás el umbral. Nadie te ha visto, sola de sombras en la madrugada, tras las cortinas blancas que velaron tu muerte.



V. CENTROS


Has hallado un lugar imposible bajo el polvo tenaz, entre los pliegues de las cosas y la tristeza de reconocerte. Un lugar que no está, puerta de blanco en la pasión de ser donde alguien vive que tu rostro trastorna para siempre.


INVULNERABLE

En un ciego escándalo de crepúsculos, en el centro de una confusión de noches y días, donde no se sabe cuál es la postura de la muerte y cuál la del nacimiento, en el haz de los sueños vigilantes, de la vigilia que duerme bajando sus altas armas guerreras; allí donde nada posees y donde todo es tuyo, artesano de días innumerables; donde la voz es la Voz más clara, la Voz que nadie escucha porque se rompe al salir de su cristal: quieto mientras las aguas descienden hacia el mundo, mientras las aguas dan la vida y arrasan la gracia y la gloria de lo viviente. Inmóvil en el tiempo central que Sí fluye, invulnerable a todo horror y a toda dicha, el más lejano Dios desconocido.


LO FINAL

Cuesta mucho bajar a la sombra de una ciudad -cavilas en los trenes seguidores de indicios-. Una vez y otra has visto las puertas fugaces que laceran los hombres en su irritado convivir. Has pensado: lo final es el estiércol, las herraduras de los caballos, el susurrar cortado de los pájaros, la precisión sonora de un solo grito -guerra o estruendo- sin el acontecer furtivo de estos días falaces, cenicientos.


ALERTA

Hay un crujir rosado de hojas, una seca intromisión en el mundo de neblina semidiurna. El aire es como de ceniza. Arden los fuegos en los diversos centros de la selva, madre infinita de confusiones. Ah, cazador: quedan allí los pinos, armoniosos y agudos; allí vigila el alma, extrañamente lanzada a la aventura solitaria, al azar que no tiene manos y se resguarda sobre los altos picos, inútil para el oficio de los guerreros.

Qué destino te regaló este permanecer desprendido de todo, en la tarde salvaje que transcurre como una paz de color no terreno, en una sorda y alerta beligerancia.


JUBILO SIN PATRIA


Todo lo que era, sin haber conocido aún cómo amarlo: aquello verde con su alado reguero de sol tan nuevo. Azada que levanta mundos sale al encuentro sin dañar la cercanía preciosa de lo caído. Ves cómo se abren las estrías terrestres bajo la recta lucidez matinal. Lozanía de un júbilo sin patria, concentrada soledad que rehúsa otra vida distinta de la propia, ya inexcedible.

DONES

Tierras de mundo que te dieron en privilegio: dueña de ese campo de cielo, de pájaros casuales, de la música ciega que se ata, ya cordón o collar, a tu garganta.

Alguien te ha llenado las manos con insolencias y revelaciones. El quiere que algún día seas Dios y que el mundo te obedezca, aplacado, que la flor de la creación se abra desde tu sexo, que uses las máscaras del terror y del amor, que ni siquiera la nada pueda dañarte.

OTRA BLANCURA

El, ni guerrero, ni amanuense, ni mártir: él, ni profeta, ni adscripto a profesión alguna, sin oficio: le han dado el tamiz. Va, con su descarnada ropa de aguador, hasta que todo el océano pase y nada cubra ya nada. La limpidez sin manos, sin objetos, sin roces.

Las aguas volverán. Quedará solo, resistente y opaco frente a Otra blancura en la que nadie, salvo Aquello, existe.


AMBITOS

Has vuelto a las calles de costumbres profundas, las arboledas con sus casas ocultas bajo un aroma numeroso y opaco, bajo oscuros colores que murmuran. Has visto a las mujeres sentadas contra la verde lumbre de puertas y has sospechado los interiores umbríos, habitaciones frescas de penumbra donde el durmiente se desliza sin mancillar el orden blanco, y su sueño no pesa lo que el aroma de los árboles vivos.


TODA LA CÓSMICA REGIÓN

Son el coro y la campana que congregan la tarde, que hacen sonar el hueco de su pequeña gloria serena. Son los varios caminos aparecidos: esa dicha olorosa del hinojo, esa corona de los salmos nuevos, la esquina de sol añejo y sus hondas bodegas, mansas como el topacio, el tapiz escarlata de las plenas iglesias y la elevada túnica sencilla de los ministros, de los siervos. Qué umbela de sofocante aletear, qué redoma de bienes penetrantes, evocadores de la luz que chasquea. El incienso de vaivén incisivo, el duro párpado de bronce con su alabanza dilatada y espesa, su lento hechizo que disemina y olvida y nos desciende a la zona remota entre el ser y el no ser, hacia la pura posibilidad reverente, en el bárbaro centro sombrío de las tumbas, junto a los nichos cómplices, en la humedad de la oscura paz prohibida.

Es el camino de la verde amplitud y las veredas solares de clara invitación, es la apertura que indica, es la concavidad de la sombra frondosa. Toda la cósmica región que se te muestra en su solemne sencillez celeste y su estructura de columnas precisas, con su riqueza de márgenes sonoras por donde cruza el campanario tácito tu sueño.


MUERTE DE LA MEMORIA

Quemada en la resina, la niñez: fruto ya dulce y seco que la mañana ofrece, que pende sobre ti como un indicio. Han bajado las ramas, brazos tendidos como en la impotencia o el amor, tolerantes para recibir ese don que entregaste sin saberlo hace ya tiempo. Y el aire ciñe tu carne humana: no como el incienso a un joven dios imperioso, no como el humo de su propio sacrificio al que adoraba, no como el silente sosiego de aquel anciano que mora en las calles vacías, resonantes de huellas tal él mismo. El aire no es la gloria, no es el soplo feroz del leñador que conspira contra la inútil belleza del árbol viejo. No es el desolado hastío del tiempo, artífice de antiguas casas ficticias, doradas como un ilustre nombre de muerto. Es el vaso sin inscripciones, la eternidad neutral en la que surges, sólo vivo, como si el centro de ti mismo, huyente y quieto, no conociera sino albricias, comienzo.


MAGNIFICAT

Sombras vencidas por los vientos, el río y la noticia. Vencidas remando a contracorriente, haciendo astillas las vigas de la luz.

Avanza en los rincones de la mañana la barca de remotos, lúcidos soñadores que dicen las regiones de la vida y la muerte cantando hacia el Sur.

El Sur oculto y abierto, partido como las frutas y los días, arrasado por ecos. Caballoeco y marsonido en las costas azules, pino creciente en la ruptura del sueño, rodantes rocas en el valle de felicidad.

Y dices Sur y alegría y promesa y tus lágrimas caen, rápidoamargas en la curvatura de una mano que antes recogió viajes y estrellas, aspas de pinos en el vientovoz que cuida la memoria de tus muertos mientras creces, envuelta en la promesa del Sur, grávida, esperando, deshilando las sombras en el huso de tu destino, urdiendo las campanas de la noticia.

VI. TRANSFIGURACIONES


Sitiado en la pureza, tu cuerpo se ha hecho espejo
y transparencia: verás.


MIENTRAS AQUELLA SAL ABRE LAS ALAS

Aquel despojo que te robaron: la embarcación aguda en jirones de mástiles, esa bandera deslumbrada como un día, solo con su mañana de niebla dura y clara en el gris innumerable, sin conclusión, sin noche, sin la negligente madurez congregadora de oros. No llores más, pescador, hombre de sal; ya no lamentes lo tan hondo que no puedes asir con tu presente vida clavada sobre la tierra, arador caviloso que rotura y cultiva, intenso, austero. Lo tan silente: cielo sobre los puertos y tú tan abierta mirada que casi no eras. Ya conoces aquella región sin nombres, campesino seguro, artesano; comprendes al que entregaba su ser a cambio de la visión, desvinculado en la zozobra de lo inmenso. Eres rico. Abre los nuevos códices y comienza la página que ya hace mucho tiempo escribieron en ti, mientras aquella profunda sal abre las alas en lo blanco y rocoso, lo sin cúspide ni límite, con aceradas armas de arena, en los antiguos labios que podrían haber hablado, en los recientes labios que hablan.

ESA MUSICA

He aquí la pared amarilla, las tablas que asoman desmadejadas y anhelantes como un hocico de animal cautivo, como el amargo que no tiene amor y rueda sobre las calles más feroces de la tiniebla. ¿Qué es esta rota perfección del mundo, esta caravana de fragmentos, de trozos, de todo lo no acabado y no cumplido? Esta miseria semejante al oro acuñado, ya manejable y vendible y pétreo, ya incapaz del fluir y de la riqueza. Esta paciente soledad sin ángel ni demonio, desgarrada y tendida sin el aire y el riesgo, irremisible, como un par de alas truncas. Y este silbar que desciende como una limosna, música de perdones que un adolescente regala sin ser dios, sin ser nadie: sólo una nota que el sol, el ubicuo, el intocable, ha encendido y recuperado para su propia palabra secreta.


TRASCENDIDAS POR LA LUZ DE LO ALTO

Enlazas la irradiación al no ver nada, salvo las formas de las cosas trascendidas por la luz de lo alto. Te reclinas sobre el haz del vivir, cosechadora de hallazgos esplendentes, de solidez traspasada por lo claro. Los ves. Son los otros. Los lejanos que aún no amas, que acaso amas; los inadecuados, los pasajeros turbios que la luz desvanece con su ficción sincera. Te sientas con los que hablan; ya son de sombra, ya descubiertos y apaciguados en su claroscuro mientras la luz sólo rodea y no se adueña. Eres la última en el uso de tu lengua… Y estos otros habladores turbulentos, estos seres bruscamente matizados, impacientes, con piel eficaz, ajenos a la niebla leve que te aparta y vulnera. Somos, en la pausada tarde, la humana tarde vigorosa y terrena. Eso quieres saber ahora, nada más: el instantáneo gozo de esta fuerza.

Sólo cuando se vayan los más nítidos, los acerados cabalgadores, escucharás, ¿dirás? Habrá contigo una joven, un muchacho. Ellos también han temblado acaso, en su delicada tensión semioscura. Pero suspendidos en nuestro helado cielo común permanecemos, expectantes y solos en la lucha.



DONDE EL VIAJERO SE DESPOJA


Hay más -tendrías que haberles dicho-. Hay más. ¿Por qué no ven también?: el claro acero celeste sobre las estaciones, el azul esqueleto del espíritu y este agrio, desierto, áspero suelo del vivir. Cava más hondo, más. Estos planos agrestes, superpuestos… Te dices: el color del asfalto es como el de los huesos: en su armadura irracional, errante, se te aparece toda la historia de la raza que cae.

Insistes: qué es el gris radical de la tarde viajera. Hay un recuerdo de antes de nacer que debes hallar para saberlo, una vieja vida vivida en los bosques profundos. Insistes. Más abajo, en la sumergida planicie de tonos neutros, de severos colores incipientes, oyes entrechocarse el vago rumor mineral de las cosas, de los objetos mecánicos y las exactas manos operarias y la violencia sin nombre de lo que rueda.

Quieres tu yo y no lo hay: es un incesante y complejo ramo de seres o de visiones, desmembrados y finos recuerdos de muchos mundos. El más remoto y amado para quien imagina: ese guerrero que atraviesa infinitamente los altos montes de la madera viva y cerrada, el morador de las doradas tierras sustentadoras de castillos y huéspedes. El más rasante y próximo: este subsuelo de la luz pétrea, las carreteras sin límite bajo la cómoda conciencia común, donde el viajero se despoja, inmisericorde.


FORMA OCULTA DEL MUNDO

Arrancada sin violencia del confín sigiloso, puesta claramente en espacio, dejas las aguas que los días han filtrado sobre la grava y aquella fragua severamente gélida que ahuyenta a los forjadores, los maestros en la transformación.

Forma oculta del mundo traspasadora de las tierras compactas, allí donde reclama con cercanía el fresco temblor impalpable de la primavera que desdeñan.


EL CUADRO

Sentada contra un paisaje sin fin, quisieras apresar lo lejano, dar de comer al pájaro que canta sobre el roble intangible, en una tela blanca. No hace falta pincel. Con el dedo del corazón vas trazando colores que no existen en el marco vacío, el único escenario a tu medida, profundo y silencioso como el deseo. Cierras los ojos para que el mundo crezca en la soledad de tu sueño y cuando ha florecido en la corona de una rosa absoluta quieres ver, otra vez, la tierra nueva. Sobre la tela, ese rostro desconocido, tu rostro, heredado de un Dios que todo lo abandonó, y en tus ojos el pájaro incesante que lo recuerda.


EN LA MAÑANA DE LOS PAJAROS


Es el río de los pájaros, es la mañana de la certidumbre.

Amanecen las ventanas, blancas como novias o muertes, y el pescador lleva al hombro su carga salina, voceándola por las calles sin dueño. Como una redoma de canciones no dichas, como un arpa sin cuerdas, suena el viento en el hueco de su garganta, tiembla su garganta por las calles dormidas, y sólo la mujer lo escucha, sólo la doncella sin flor alguna, amparada por el sueño reciente, mientras él clama.

Nadie contesta, nadie danza, pero la mujer se esclarece tras de sus párpados, se levanta hasta el fondo del horizonte que es la boca de los Salmos y el címbalo y el salterio en la mañana de la certidumbre, en la mañana de los pájaros que llegan.


VII. DUELOS


…y ahora sabes
por un eco lejano
en qué perdiste la vida sin saber que la vida
ya no vuelve, nunca, jamás.
La vida es tal el eco de un sueño
que ahora sabes que lo tuviste, por un eco.

Alvaro Cunqueiro


Porque no hay poesía festiva, alguien había dicho,
pues quizá sólo del tiempo y de lo irreparable puede hablar.

Ernesto Sábato

FUERA

Te han dicho: no retornes. Te han dicho: olvida las formas del amor en el centro desgastado del tiempo, donde los ejes de las ruedas rechinan. Alguien te arrastra, insomne: Dios, estrella o demonio, conductor impasible de ojos áridos que apacienta sus manos en el vértigo. Esas manos lanzadas como potros sobre constelaciones implacables, telares abismales de una luz que te pierde, donde no eres siquiera ceniza de aquel fuego, o margen roto de la trama perfecta.


DUELOS

No hay palabra, no hay nombre. Hay cuerpos mudos en la oscuridad, ciegas alas de sueños que vuelven graves a ponerse de pie sobre tu corazón, paria de mundos.

Hay manos torpes para tramar el rostro calcinado, esa escultura rota. Pero no hay nombre. Y un dolor sin palabra ha golpeado tu imagen en los vanos, sombra de un Día que regresas con los ojos oscuros a la raíz del bosque.

Maga, hechicera pequeña, quema la sangre de tu cabello rojo junto al bronce, di tu conjuro inútil: que no caigan las flores del Arbol de la Vida, que no enturbie su carne la manzana de oro. Pero no hay nombre, no. Ni pinceles que borren aquel peso: cuerpos que van hacia la mar perdidos, cuerpos sobre su muerte entrelazados.


EDIPO, REY

Te ha entregado la noche su semilla de dispersión, su olor de animal inútilmente en celo: miseria del que tiende una mano incesante y halla al despertar las palmas corroídas, las uñas ásperas de metal oxidado por lluvias infinitas.

Te ha entregado la noche su calor de sahumerio consumido, su vigilia de esplendor invisible perdida para siempre. Y no es la juventud, no, aquello que buscabas -buscarías- ebrio de nada entre las fauces de sombras. No es la madre, no, esa pobre vasija de barro antiguo -fragmentos confundidos a la orilla de las rutas impías, entre fragores y distancias-. Es el alba, quizá. Adivinaste su racimo turbador de cimas blancas, no alcanzadas jamás, y el golpe de unos labios aéreos que podrían abrir tu corazón como la pupila de un niño. Pero has gastado ya todos tus días, y los días de quienes te amaron.

Avanzas solo, único y uncido a ese yugo invisible, animal de tres pies sobre el filo inocente de la mañana, el más terrible de los seres creados, temblor de un remordimiento en el recuerdo de Dios, desdichado insaciable, hombre.




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