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Luis Benítez

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Luis Benítez














Mitologias
La Balada De La Mujer Perdida



Diseño de Tapa:
Ruth Noemí Vittor


Copyright ©
Derechos reservados del titular.



Primera Edición Digital:
IBSN: 020-012-195-4



Colección La Lira de Orfeo










[2008]
Buenos Aires -Argentina


Copyright © 2008 - Analecta Literaria
Todos los derechos reservados.

Copyright © 2008 - Creative Commons


El contenido de la presente edición digital está regulado
por la siguiente Licencia de Creative Commons

http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/ar/







ÍNDICE


Mitologías


Lengua muerta
Identidad
Sobre Tenochtitlán los antiguos dioses toltecas del viento, la lluvia y la muerte, esperan la llegada de Hernán Cortes, abogado de caceres
El forastero
Un montonero del Chacho
A una momia indígena
Un filosofo del siglo XVII
Un general de Atahualpa
Los miedos
El uro


La Balada De La Mujer Perdida


A Marcel Schwob
Lo que decia el poeta
Yo no espero mas pasos que los tuyos por mi alma
Retrato
Ahora te conoce el hombre...
Un nombre
El amor loco
Mas bella que mi propia sed, mas pura
Infancia de la maravillosa




Mitologías

LENGUA MUERTA

No es ella como ésta en que escribo.
No es fruta madura del concepto y lo abstracto.
sino la joven savia, detenida hace mucho,
de un mundo de imágenes: la cantora del sueño.
El sueño que hace mucho encerraba los pasos,
las obras y los labios. Tal vez
no hayamos despertado, sólo cambiado de sueño.
Pero ella ha quedado, detenida y secreta,
como una flor antigua en el libro, en la historia
y en el turbio recuerdo de palabras perdidas.
Hoy que evoco ese estado de las cosas del mundo
en que brilló en imágenes el bautismo de todo,
me da por preguntarle
qué expresaba mortal
y con cuáles sonidos traducía universo.
Pero nunca responden las criaturas del sueño
sino en su propia lengua
y ella toda es el sueño.


IDENTIDAD

Somos, sobre todo, el porvenir.
Pero no sucedió nada
sin que lanzara hacia él
eso nuevo que eras.
Extraña es tu fortuna:
ser alguien que es alguien
mientras cambia.
Nombraré relativa a tu figura
y relativa a cada línea de su trazo.
Y voy a nombrar a tu sombrío corazón
porque es a la vez radiante:
vas a lo inverso por lo inverso
y a lo cercano vas por lo distante.
Tan sumido, tan rápido, tan secreto
un hombre, una mujer ven
sus sombras, sus saltos y sus pasos.
Hasta el dolor fue necesario;
tu alegría fue un orfebre,
un abstracto albañil infatigable:
hoy eres lo erecto y además
la piedra destruida.
Mira estas piedras de moler,
tantas puertas y entradas
recuerdan lo borroso,
susurran tu verdadero nombre.
Somos. Y además somos
lo que nunca depende de nosotros.
Tan sumido, tan rápido, tan secreto
un hombre, una mujer ven
sus sombras, sus saltos y sus pasos.
El secreto de estas aguas
fue siempre su inmortalidad.
Hacen las manos. Son las manos.



SOBRE TENOCHTITLÁN LOS ANTIGUOS DIOSES TOLTECAS DEL VIENTO, LA LLUVIA Y LA MUERTE, ESPERAN LA LLEGADA DE HERNÁN CORTES, ABOGADO DE CACERES

I

Mientras ellos flotan como vagas sombras sobre la cúspide del templo, la pirámide, y se incendian los arrabales construidos por sus manos
cuando el mundo estrenaba el alba, en el llano ruedan las cabezas
y las lanzas perforan pechos como lluvia de raros minerales:
En la noche el lujo de la muerte es llegar
en una hiriente esmeralda al corazón del hombre.
La alegría de morir a filo de amatista.
En la amplia selva el jaguar acecha a los caídos
(otro jaguar, el tiempo, está pendiente de ellos)
y el hoatzín, el pájaro de la locura,
rueda y despliega sus alas por la tierra.
Los dioses esperan su muerte de inmortales:
Un mundo debe concluir, entero, para que ellos
expiren su exacta dignidad de las gargantas.
Todo es espejo del fuego, menos sus soberbias
pupilas. Los hombres han cerrado libros de sabiduría.
Pero sobre Tenochtitlán, la hecha para siempre,
todavía los dioses templan sus instrumentos,
cuentan sus homenajes, examinan los tributos
que un terror mayor que el que inspiraron ellos
en edades remotas ofrendó, de parte de los hombres,
en los altares olvidados hasta esa tarde extranjera.
Es la noche, la noche donde todo culmina
y ellos sobre Tenochtitlán, contando sus regalos.
Relucientes por el incendio de la tierra
Sus colgantes de ágata y de hueso,
sus estandartes de nervios, sus escudos de montañas
labradas por la ingenua hechicería.
Erizadas por el viento de la abierta nada sus plumas de papagayo.
Huesos humanos, pendientes de calaveras,
collares de orejas arrancadas al enemigo
por guerreros de la prehistoria:
Eran otros guerreros, otros eran los enemigos.
Hoy veinte arcabuces y caballos famélicos
y una canalla de cárcel bastan
con su esplendor de hierro y de metralla.
Tenochtitlán caerá: está su hora en el vuelo de las aves,
señalada en el hígado del niño recién sacrificado,
marcada hasta en el último doblez de hierba y en
los sueños. Los hombres del maíz desaparecerán,
esa es la sentencia. Los hombres del maíz, como sus dioses,
ya son sólo neblina, estupor, inútiles aplazos:
Hay en el polvo un juego de alucinaciones que horroriza.
En este momento nadie sabe si es hombre o dios
o signo dejado en una tapia. En tanto, lejos de allí,
sentado sobre un hombre, Hernán Cortés lee a Manrique.
Y no comprende. En Tenochtitlán algo ha quemado la nave
de los dioses. La retirada es inútil. Inútil la esperanza.


II

Esto sucede y se repite:
los dioses se trasladan a otros dioses,
Cortés cambia de nombre.
De las verdades cambiadas surge la Historia:
Sus muertes y sus retos son el dibujo
del paso de los hombres sobre las cicatrices del mundo.
Del destino de los tiempos es la mano inevitable
que traza en cada roca, corazón y mundo, su arduo palimpsesto.
El dibujo final que es a la vez el Cielo y el Infierno.


EL FORASTERO

En la vida de otros como un rostro nómade
entramos con violencia, con sigilo
o sabiéndonos campo de otros que nos cruzan.
Pero somos siempre el forastero.
Gestos y voces que saltan al camino
y en todas direcciones el bosque conmovido
por el susurro incesante de historias invisibles;
nos traspasan y se van: al ligero contacto
llamamos años, semanas, meses.
No podemos retener nada ni a nadie,
cada mirada es pavimento del rumbo.
Cuando todo se quede El dirá que ha llegado.


UN MONTONERO DEL CHACHO

El último hombre, tan legendario
como el primero; a pie por el olvido
transita hacia la nada, como todos.
Su pecho, un desgarrón y el arma
(tan sin memoria como él ahora)
son momentáneas victorias sobre el tiempo.
Va con el General y el general ha muerto;
el hombre sin caballo y sin hombre
se afana en la espesura de un país
que piensa en otro:
no ve en la cerrazón del monte
las ciudades y los trenes y los torvos
habitantes que ya están
flotando sobre el páramo.
Otra selva habrá que la que pisa.
No hay lugar para él, que nunca
fue de un lugar sino de todos.
En un sendero pierde la figura:
Distinta de la que agita el poncho
o esgrime larga lanza en los manuales;
va por el camino que contiene
a todos. Esa es la Historia.
Será una fecha, un dato.
Con suerte será un aniversario:
será menos que un nombre.


A UNA MOMIA INDÍGENA

Derecho de la muerte es transformar
en horrible lo que en vida fue bello;
en ti la noche da lo inverso
de un ingenuo rostro y una boca florida.
Eres el espanto de un rincón del museo
y sin embargo, viviente,
arrancaste a los hombres miradas prohibidas,
virgen consagrada a los dioses antiguos.
Eres el espanto y una mediana victoria
sobre el perpetuo sello de los siglos señalas.
Del otro lado del tiempo
te envió un puñal de piedra
a pedir por los mortales
ante los que son eternos;
tú eres lo intermedio, a mitad de camino
entre el polvo de unos y la nada divina.
Cuando estos que te miran
de regreso al origen
en los cuatro elementos se dispersen,
perdurará tu rictus
y tu mano deshecha extenderá
el mensaje a los dioses perdidos,
pidiendo clemencia para nuevos sinos.


UN FILOSOFO DEL SIGLO XVII

Uno se acostumbra a esta tierra.
A sus hombres, a sus mujeres
y a los cambiantes paisajes
que entran en cada noche:
porque esta tierra está siempre alerta,
esperando el permiso para entrar a las calles.
Cuando se la conoce, ya no hay nada más grato;
la conversación de los sirvientes,
los estúpidos asuntos que ocupaban los ojos
y el tropiezo continuo con los desemejantes,
la furia y el amor, el enojo sin causa,
todo se hace una niebla; es el país del destierro
donde está confinado alguien que se nos parece.
Y yo, cuando soy yo,
lo miro manejarse.


UN GENERAL DE ATAHUALPA

No me derrotó Pizarro ni la oscura
traición de los vencidos por mi raza
aproximó la suerte del combate:
otras razones hay para mi muerte.
Tampoco en el hilván de los que saben
interpretar los nudos de los quipos
apareció entreabierta mi garganta:
ni una aurora de sangre ni otro indicio.
Una fuerza mayor hay que el destino.


LOS MIEDOS

ah los terrores que nos visitan de noche
que no se ocultan del día
los que no inspira ninguna cosa grande
ningún desconocido continente pisado recién el borde
ni tampoco un leal enemigo
francamente buscado en una tapia
ni el asombroso eclipse que deja el mediodía en sombra
ni un terrible Señor de los Ejércitos
en desiertos abrasados por el sol de los pueblos aventureros
ah los miedos los pequeños miedos de pequeños hombres
no los miedos que eran a su modo honra de un animal
desnudo en la enorme extensión de cosas que no tenían nombre
no a estar solo y de pie
entre un inmenso campo y un inmenso cielo
no a la sombra adornada de ojos fosforescentes
a la muerte de noche
entre los dientes del animal más bello de la tierra
una muerte de hombre
no a la caída propiciada por el rayo
al torrente al alud al fuego de la tierra
ni al otro fuego prometido debajo de la tierra
ah los miedos que no origina
un dios terrible salido de la foresta
ni un pariente medieval con su cohorte de brujas y de fetos
no el sudor frío frente a frente espada contra espada
flecha contra winchester dardo contra lanza
ha cambiado la muerte de palabras
no es la certeza de una lluvia ardiente
ni el pronóstico que un insecto lleva entre raíces
al fin también una buena causa como la antigua peste
ah los miedos que tú conoces
y que son los míos exactamente ésos
no se ocultan debajo de la cama
no precisan el crujir de la madera el aullido de nada
pueblan nuestros sueños de rostros y de notas
ellos duermen y caminan con nosotros
beben se alimentan vuelven siempre.


EL URO

Detrás del tiempo un animal me mira:
él sabe lo que escribo porque antes de mí
ya ha sido un nombre. Es el uro.
Fantasea quien lo toma por el toro.
A veces es un pájaro, un río, el viento
y a veces es un algo que deja en las ramas
grandes manchas de sangre y un paso
que se aleja, macizo e invisible.
No lo vulnera el hacha ni la piedra
de una arcaica Europa que aún no sueña
con forjar metales y la Historia.
Es el uro. A veces es un hombre
que huye de sí mismo.
Un animal pensante que añora volver al bosque
del eterno presente, a las pasiones soberbias,
a la ira, la furia y la muerte violenta
del dominio y el celo.
Es el uro. En sus ojos rojizos
hay un algo execrable.
Nos aterra que vuelva y que vuelva
Dionisos con su corte de faunos
y el terror y la noche derrumbando ciudades,
sumiéndonos en el fuego de los dioses hambrientos
que reclaman la tierra, la luz, el aire.
Las imaginaciones.
Es el uro. En el linde de las ciudades
todo esto cabe entre sus cuernos.
Allí donde recuerda, una por una,
las traiciones del hombre.
No rumia venganzas, no planea
surgir en la cómplice noche a cobrarse
el desquite con sus dos puñales, si el terror
del retorno no bastara para matar a un hombre.
No se mata a los muertos. "Soy el uro.
Zeus usó mi forma para raptar a Europa.
He visto, inmutable, en el rodar de las estaciones
pasar a los fenicios, los partos y los griegos.
El tiempo es un solo día. Maté a un inmortal
en la aurora y en Sumeria y a mediodía
me describió Plinio el Viejo, entusiasmado.
Cartago duró una hora; Roma, quizá dos.
El niño Lutero me temía: ya era una leyenda.
Creyó extinguirme un cortesano del siglo diecisiete:
la tierra que lo cubre tienen a su estirpe,
su esposa y su palacio. Ése es el hombre:
polvo que tragan las colinas.
Soy el uro, lo real. Él es imaginario".



La Balada De La Mujer Perdida




A MARCEL SCHWOB

Ese espléndido encaje de terrores lujosos,
esa trágica risa que viste en los días
sobre hombres y cosas, no abandonó
el mundo contigo, Marcel Schwob.
Evocarte es una tarde en tus libros, mía,
y una noche de escritorio, tuya:
el tiempo, que es el mismo, confunde oscuridades.
Nadie descubre nada, tan sólo desentierra
secretos olvidados, verdades descartadas.
¿Ves? Esta es la mujer que amo:
no ha leído tu Monelle que es su hermana,
no conoce tus Vidas y como la de todos,
la suya es imaginaria.
Sus horas completan mis tardes, tus palabras.
Entre nosotros tres hemos pactado:
ninguno sabe qué, cómo ni cuándo.


LO QUE DECIA EL POETA

Soy tu enemigo que no tendrá piedad.
Guerra te llamaré y tomaré
contigo las libertades de la guerra.
Y en mis manos tu rostro oscuro y atravesado,
en mi corazón el país que
ilumina la tormenta.
Ives Bonnefoy


Tempranamente nos lanzaba la noche
sus grandes ojos de diosa
había en esas calles otra luz
que no conoce el día
y nada ni nadie sabía de la muerte
venías detrás de tí larga y enigmática
presencia donde me reconozco
otros canten la gloria de lo evidente
y harán lo justo
yo viviré siempre
en esta piel estas manos,
y este cuerpo
bañado por otra luz otra presencia.
Otra guerra hay que la del pan
otra embriaguez que la del vino
otra tierra hay en esta tierra:
Eterna es nuestra primavera.


YO NO ESPERO MAS PASOS QUE LOS TUYOS POR MI ALMA

Yo no espero más pasos que los tuyos por mi alma,
algo tuyo ha abierto paisajes sumergidos bajo el agua del rostro
y no ansía ese horizonte otra silueta en su noche, otra sombra antes del alba. ¿Ves? largas catedrales que suben a los cielos con tu bandera en sus astas
y una sangre que viene de la infancia remota presintiendo tu historia.
Yo no quiero más pasos que los tuyos por mi alma,
extraña forastera de la negra mirada, eres como la tierra:
todo sale y retorna de tu boca a tu boca. Eres como la mañana
que no tiene ningún fin, una imprecisa fragancia, una presencia muda
entre plantas y flores, no limita el tiempo tu sombrío fulgor.
Yo no espero más pasos que los tuyos por mi alma,
hay caminos que esconden el secreto de verte,
ellos que te conocen mucho más qué mis manos
penetran por mis años hasta hombres que fui, pueblos que tuve.
Donde estarías sola.


RETRATO

I

En las cejas, inmóvil, va volando un pájaro
sobre la oscura onda de los ojos, pardos.
Españoles y atentos al gran fluir del mundo,
perturban por lo inquieto de su otro mundo, el alma.
Desde la partida frente ondula todo el óvalo
la pesada, castaña cabellera
y la nada rueda tras de la carne firme;
mujer, eres la nada, que origina las cosas.
Bárbara criatura de la aurora, te estoy cantando.
Todos los días, entre miles de gestos, uno:
la boca que despliega su brillante amenaza,
esa arma antigua que recuerda
la vieja enemistad del macho y de la hembra.
Ante este rostro, vana, siempre
la noche se queda en la ventana.


II

Yo he visto en ti el centro del gran corazón
humano. Oh tú eres el centro del gran corazón humano,
el que ha sufrido y creado siglo tras siglo
la terrestre maravilla. Eres la Venus de la aurora
que en el marfil antiguo de las terribles bestias
labraron los hombres olvidados,
la vigorosa madre de la canción del mundo.
Tú, la primordial ni sobrenatural ni diosa,
tan sólo y toda la concreta mujer que caminó
por Behring para poblar la Tierra.
Hermosa, viven en ti
los muertos ojos de las primeras hembras,
en ti me miran otros morenos rasgos pulidos por los siglos.
Eres la que empuñó el arado y la que escondió
a sus hijos de la guerra. Eres las otras.
Tú en la oscura caverna engendraste
cuerpo tras cuerpo las réplicas del tuyo,
mi boca sólo canta y te devuelve como un eco
los ecos de innumerables gemidos que en las cóncavas tinieblas
arrojaste a los días y las noches del tiempo.
Viviente maravilla, de ti no hay partida, no hay llegada,
tú también, humanamente, el Alfa y el Omega.


AHORA TE CONOCE EL HOMBRE...

Ahora te conoce el hombre que imprime estas páginas
y el que en la noche silenciosa corrige las pruebas de los versos,
saben ellos de ti, de tu voz clara y de tu oscura pupila
donde se oculta el sol cuando anochece;
alguna vez han amado a otra como tú
pues para todo hombre la vida reserva a tus hermanas,
ésas que son iguales a tu alma.
Oh bella estos versos que nacen en la sangre
yo los veo cruzar por tintas y engranajes,
ir a buscarte a través de máquinas y moldes,
correr hasta tu sombra atravesando las sombras
donde la fotografía alumbra su milagro,
ellos van tras de ti de mano en mano,
los dibuja la fatiga de graves operarios
y el tipógrafo da forma a sus mapas silenciosos,
con su larga habilidad instala la proclamada urdimbre
de tu pelo, la lluvia de tus ojos hecha de letras
y el contorno de tus sueños, joven sol, nueva estrella,
lo conoce ese obrero antes que nadie.
Y sé que evoca, allí, entre la fatiga,
con un mudo cigarrillo y tensa boca,
un sueño que hasta ayer había olvidado.
Son tus perdidas hermanas,
las que no conocerás nunca
ni sabrán de ti por ese hombre,
que despiertan y retornan a su insomnio.


UN NOMBRE

Un nombre,
un nombre de mujer
para contener la estirpe de los astros,
un nombre
que suena al fluir del tiempo
en el único idioma de las cosas,
un nombre
que es como una palabra de otra dimensión
pronunciada en ésta; una palabra
que sueña a una mujer.
Un nombre
que en la antigua Al-Andalus,
la otra, la de la media luna
y el canto del sufí,
imaginó el árabe para mayor honor
de un Alá inevitable;
un nombre
que los duros godos robaron
de la Alhambra con la Alhambra,
un nombre que recorrió Europa
cuando aún no era Europa
y anduvo en las bocas de los anónimos,
esos que hubo y no tuvieron nombre,
un nombre
que antes fue amado por los muertos.
Un nombre
que cruzó con otros los mares y los tiempos
hasta la América de los galeones
y el oro inútil de los adelantados,
la América de un extraño animal
al que llaman león y no lo es,
la América de las banderas nuevas
y los nombres viejos;
un nombre
que las generaciones guardaban para tu nombre,
de boca en boca, sin ser en su todo pronunciado
hasta que llegó tu sombra,
oh la innombrable,
hasta que llegó tu sombra
a la luz que baña el tiempo.
Un nombre,
un nombre de mujer
para contener tantas otras cosas,
según lo imagine de noche,
según lo sueñe de día:
a veces es un rincón
de una vieja casa que yo sé que existe,
donde hay un gato con ojos de mujer
y una angustia boba cruzando la inmortalidad de los salones;
otras veces un nombre donde alguien descubre,
por vez primera, quién es el que responde en el espejo.
Un nombre
donde un raro pájaro
vuela hacia la hoguera y crea
una leyenda de cenizas que renacen,
un nombre de mujer
oh innombrable,
fatal como la última y la primera de las horas.
Un nombre que agota toda réplica,
un nombre,
un nombre de mujer que es más que esto
y tener de todo esto sólo el nombre.

EL AMOR LOCO

Hay un amor. Puedo verlo en las sombras
o ver el otro sol, el que me prometió mi padre
cuando era joven y sonreía entre los vivos,
el que deseó mi madre la primera vez que vio mis ojos tristes,
una lejana tarde, cuando tú ya existías sobre el mundo.
Hay un amor. Ya despliega sus maravillas y sus cárceles,
vuelve gris a todo otro, cualquiera que se acerca
vale en tanto trae un rasgo, un gesto tuyo,
regalos ignorados. Viene con sus noches y sus lobos,
hay un amor y trae su encendida maravilla, hay un amor;
la tierna amistad de los cercanos a mi corazón me rodea
y ya no sirve, la voz intemporal de Hesíodo,
que probablemente sí vio a las musas, canta y yano sirve,
mi amado Dylan Thomas, que observó perplejo cada cosa viva,
grita la gloria de lo creado y ya no sirve,
el placer de ver un nuevo crepúsculo caer me llama
y ya no sirve.
Los objetos, las ocupaciones, las palabras,
las llaves que sugieren una puerta, los extraños
y sus asuntos siempre extraordinarios,
la vaga curiosidad, las calles de una ciudad
que llaman Buenos Aires y que conozco tanto,
todo me invita y ya no sirve. ¿De qué sirvió
querer ser un santo a los seis años,
leer viejas leyendas de épocas más gratas,
saber de la suerte de Ulises y la desdicha de Eneas,
conocer las altas metafísicas con que los hindúes
querían abolir el deseo y el tiempo, esos anchos ríos
donde fluimos ambos, investigar las vastas filosofías
que hoy no pueden responderme, ser admirado
y odiado, despreciado o aplaudido por tantos desconocidos,
ver en un jardín y una tarde un secreto milagro?
Hay un amor, ya me indica sus oscuros mandatos,
ya me muestra su puñal y su espejo,
la ausencia y la presencia, esos dos simulacros.
La ansiedad sabe matar a un hombre: ni ciencias
ni artes mágicas pueden con su larga sentencia;
sólo la voz, la mirada, la esperanza sutil, el tacto último,
ese absoluto. Hay un amor: no valió nada saber
de los horóscopos ni de la ciencia exacta de las cartas,
quizá no menos ingenuas mitologías que aquello
en lo que crees: cada época se explica como puede.
Hay un amor, es tiempo de verte crecer e imaginar tu infancia,
ese privilegio que me fue vedado.


MAS BELLA QUE MI PROPIA SED, MAS PURA

Como un animal nocturno
mi sombra penetrará en tu sombra
desnuda serás más bella
que el tibio fantasma que queda entre tus ropas
yo iba solo entre bosques
me perseguía el honor de ser un solitario
y todo el amor del mundo
hablaba entre tus brazos
allí te vi
la enorme Buenos Aires
era inútil para ocultar siquiera
el brillo de tu ausencia
desnuda serás más bella
que mi propia sed más pura
aun que las caricias del viento
que derrumbará a la vez tu casa y tu tristeza
yo iba solo de la vida a la muerte
ahora voy del sueño al despertar
desnuda serás más bella: serás mi mediodía.


INFANCIA DE LA MARAVILLOSA

Y allí estabas, viva,
venías de los candentes países que no recuerda nadie
sino en el último minuto, al inicio del tiempo estabas
entre la sangre y la luz como una llorosa perla entre raíces,
allí estabas luego de la larga agonía entre dos respiraciones,
luego del largo túnel y el sueño donde eras una sola Humanidad,
¿recuerdas? un minuto antes eran las calles de Ur,
la turbia prehistoria, el ciclo de la savia a la sangre,
la desnuda inocencia de un mezclado universo donde todo convivía;
¿recuerdas? oh sí dime que lo recuerdas largo y centellante amor mío,
dime que te acuerdas de tu rostro en un lago que se secó hace siglos,
que memoras la sangrienta imagen del interior del útero
donde toda la historia pasaba veloz por las paredes
y dime que te acuerdas de alguien que te amó
y que no era yo y que era un fenicio, un tirio,
un hombre de lejanas edades y de tu vestido
desgarrado en la cámara del rey.
Yo hablaré del tiempo en que te he reconocido,
como reconociste al fuego, ese movedizo compañero
que te entibió las manos, que te quemó los dedos.
Tenías dos años, ¿recuerdas? Dime que recuerdas,
un pesado secreto puede hacerse pedazos tan sólo por ese olvido,
dime que te acuerdas de hombres y mujeres gigantes
y de paredes enormes y así sabré que es cierto:
antes, en ese tiempo, danzaba el tiempo
y tú corrías como corrimos todos detrás de duendes y de hadas
que se tragó un lento movimiento hacia nosotros,
hacia estas manos y rostros que insultan el espejo.
¿Tienes presentes a tus muñecas? ¿Te acuerdas de la negra
que odiabas y de la deshilachada rubia que veías,
porque tú la veías, no es cierto, llorar sobre tu falda?
Y los pequeños animales, los míticos y los otros,
formaban el cortejo de una niña sola.
Te acuerdas del miedo, ese viejo emisario,
te acuerdas de la sombras en un rincón del cuarto,
de la horrible lámpara que te hacía llorar.
Allí del miedo nació tu risa, ésa que yo solo puedo ver,
ese gesto infinito que borra la muerte de las edades,
esa revancha del hombre sobre el polvo que será.
Y allí seguías viva sobre un billón de muertos,
sobre todos los muertos y nada detenía el pujar de los huesos,
el avance del cuerpo entre los cuerpos, la lanzada
mente hacia la luz corría, entre precipicios y sombras
y entre sangres y olvidos de lo que eras ayer, venías,
sí, tú venías atravesando tu espacio, tu forma, tu materia,
eras un universo en viaje a través del universo.
Pero de dónde vino ese rostro a preocuparme de sí,
de dónde ese olor que se ignora a sí mismo, desde
qué entonces sutil ya te conocía.
¿Te acuerdas de un aula donde ya eras callada y peregrina
entre papeles y canastos y mapas?
Hoy la mitad de esos niños son fantasmas
que erran por el mundo,
ellos no te recuerdan y sin embargo envidio
su inútil privilegio:
el haber visto en flor tus ocho años
cuando el inocente trazo del mundo era feliz.
¿Recuerdas? ¿Recuerdas la jirafa de un domingo lluvioso
de la mano de tu padre? Bien, yo envidio
a ese alto animal que se sonríe siempre,
porque te vio una tarde, hace ya mucho.
El amor es dadivoso: nos da lo irreparable
y no se vuelve a ese ya nunca donde vivimos tanto,
aunque por qué no gozar la fruta de la memoria.
Todo es suponible y yo supongo que esa manchada,
elevada arquitectura, desde su tiempo sin límites
es la misma que vio lo que ya jamás podrás mostrarme:
esa alma primera que todavía, entonces,
hablaba con todos los animales y el centro de las cosas.
¿Pero de dónde vino este rostro a llamarme
desde un tiempo ido que ni él recuerda
aunque nunca lo olvida?
¿Pero de dónde, dónde?
Los objetos, las llaves, los cuadernos, las aves, los insectos,
las nubes de los cielos que hubo, los paisajes
donde hoy se han derrumbado casas y se han sacado muertos,
las noches y los días por los que has caminado sola,
vuelven en cada medianoche, en cada mediodía,
vamos a llorar sobre esas imágenes,
vemos a gritar sobre esas imágenes y sobre el mismo llanto
que no reconocemos: un hombre, una mujer
que se han perdido son una victoria más
de un cerrado círculo, la sombra sobre la luz
traza su cono arduo, hemos perdido ambos
esta guerra infinita. Hemos perdido ambos lo más preciado:
a un desconocido.
Yo imaginé tu infancia.
Yo fui valiente.





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